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El Ojo Encantado

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El rincón de los recuerdos. La Belle Époque, un instante de esplendor.


Estos días he estado un poco preocupada por los acontecimientos que se están sucediendo en la economía europea. Me he planteado si realmente los años vividos habrán sido quizás los más prósperos, y temo que no volvamos a disfrutar nunca más de una calidad de vida similar a la que hemos tenido hasta este momento. Sé que puede sonar un poco agorero, pero si pones la televisión, la radio, o lees un periódico, todo hace indicar que nos estamos acercando al abismo. 

Esta preocupación me ha hecho reflexionar sobre un periodo de la historia en el que nada hacía presagiar que apenas diez años después Europa estaría abocada a la más absoluta destrucción. Seguro que los parisinos que disfrutaban de los cabarets, los elegantes cafés, la innovación y los adelantos tecnológicos como el teléfono, el ferrocarril o los buques de vapor, ni se imaginaban que toda esa modernidad se vería truncada por culpa de la Gran Guerra. 
La Belle Époque recibió este nombre años después cuando, al echar la vista  atrás, quienes sobrevivieron a la guerra recordaron con nostalgia aquellos tiempos de esplendor que se vivieron sobre todo en París y, en menor medida, en Londres. 


Este pretende ser un pequeño viaje en el tiempo para adentrarnos en una época en la que parecía que sería imposible frenar aquel desarrollo económico y social. Nada más lejos de la realidad.

Contexto histórico

Entre 1890 y 1914 Europa fue un remanso de paz entre dos guerras, la Franco Prusiana (que, a pesar de que transcurrió entre 1870 y 1871 mantuvo a las principales potencias del continente en vilo por la supremacía mundial), y la Primera Guerra Mundial, que fue consecuencia de la anterior.
Esa calma antes de la tempestad favoreció a los muchísimos avances que se llevaron a cabo en materia científica, tecnológica, social y económica, sobre todo en Francia, Reino Unido, Alemania, Rusia, Austria-Hungría e Italia.
Fue en esta época cuando también se dieron importantes pasos en la expansión del imperialismo (las grandes potencias se repartieron África) y de las ideas del capitalismo. La ciencia y el progreso llegaron a tener tanta fuerza como la propia religión. La burguesía miraba de tú a tú a la aristocracia, y las clases sociales más bajas comenzaban también a tener su lugar gracias al proletariado urbano que se fue creando debido a los nuevos oficios especializados generados por los avances industriales (aunque esto no quiere decir que estas personas vivieran mejor; la mayoría eran explotadas en sus trabajos). 

Uno de los acontecimientos más trascendentales de la época fue la Exposición Universal de París celebrada en 1900. Para este evento de dimensiones faraónicas se construyeron la Estación d'Orsay (hoy Museo d'Orsay), el Petit Palais y el Grand Palais entre otros, y se organizaron los Juegos Olímpicos de París. Fue un evento que marcó un antes y un después, ya que por primera vez los avances tecnológicos eran exhibidos al mundo, y las ideas políticas europeas fueron difundidas al resto de países. Se trató pues de la primera gran campaña de marketing y propaganda de la historia.

La mujer

Emmeline Pankhurst, promotora de la lucha por la igualdad, es arrestada durante una protesta.

En este contexto, el papel de la mujer también iba experimentando cambios, cada vez a mayor velocidad. En lo social, la irrupción de la tecnología y los avances industriales propiciaron que la mujer entrara de lleno en el ámbito laboral urbano. Además, comenzaban a participar de forma pública en actividades deportivas. Tanto es así que los Juegos Olímpicos de París 1900 fueron los primeros en acoger a deportistas femeninas.
Los cambios sociales fomentaron el movimiento feminista, que se desarrolló sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos durante los siglos XIX y principios del XX. El objetivo final era lograr el derecho a sufragio, pero también trataban de equipararse a los hombres en otros ámbitos de la sociedad.  Comenzaron a conducir automóviles, a entrar solas en cafés y cabarets y a ser tomadas en serio en ámbitos científicos e intelectuales.
Una participante de las carreras automovilísticas de Blackpool en 1906.


La moda vivió una gran revolución; se convirtió en industria  en buena parte gracias al avance de la tecnología que permitió que la ropa se fabricara en cadena y ya no estuviera sólo al alcance de unos pocos. 
Me gustaría centrarme especialmente en este tema, ya que, además de apasionarme, considero que la moda es un importante reflejo de los cambios que ha vivido la mujer a lo largo de los siglos. Aunque parezca una cuestión superficial y poco seria, creo que la ropa no sólo ha servido a las personas para guarecerlas de las inclemencias meteorológicas, sino que ha sido utilizada también como vía de comunicación, de opresión y de liberación; de diferenciación entre clases, etnias y estilos de vida; y ha servido para expresar ideas y sentimientos. Por eso no me gustaría pasar por alto la importancia que ha tenido la moda y su evolución en una época como ésta, en la que se sucedieron tantos cambios, sobre todo para la mujer.

La moda

A principios del siglo XX París era la cuna de la moda por excelencia. Inglaterra empezó a disfrutar de la vida alegre a partir de 1901, tras el fallecimiento de la reina Victoria. El rey Eduardo VII fomentó las fiestas y el consumismo, y consiguió que los ingleses se pusieran a la altura de los franceses, que disfrutaban de la Belle Époque desde las últimas décadas del siglo XIX. 
La actriz Camille Clifford, "chica Gibson".
La ropa es una forma de expresión, y como tal, demuestra el cambio que sufrió la mujer en esa época. Empezaron a deshacerse de los corsés, literalmente y también de forma figurada. La presión a la que estaba sometida la mujer para ser un mero elemento decorativo dejó paso a la libertad de movimiento, tanto físico como social, tal y como se aprecia claramente en la evolución de sus prendas. 

En la imagen se puede observar la figura en forma de "reloj de arena", considerada la silueta ideal hasta aquel momento. La cintura se ceñía de forma exagerada y el busto se ensalzaba sobremanera. Todo parece indicar que no debía de ser un atuendo demasiado cómodo para quien lo llevara. 


Fiesta en los jardines de Marlborough House (Inglaterra). El niño es el futuro rey Jorge VI.



Por otro lado, la moda seguía siendo un elemento diferenciador entre los distintos estratos sociales. Las damas de las más altas esferas vestían hasta ese momento de manera muy ostentosa y recargada. Las plumas de avestruz eran consideradas símbolo de la posición social. 
Los vestidos estaban ornamentados con pedrería, encajes, brocados, bordados, lazos, volantes y flores. Las faldas llevaban varias capas de enaguas para dar volumen a la zona inferior.



Diseño de inspiración oriental de Paul Poiret.
Una de las novedades en la moda de aquella época fue la irrupción de la cultura y el arte oriental. La decoración de las mansiones, palacios y castillos fue adquiriendo un toque exótico, ya que se importaban objetos de colonias como la Indochina. Al mismo tiempo, fueron llegando  telas, hilos, lanas y sedas de aquellas tierras y se copió el estilo de las mujeres orientales.


Vera Fokina, bailarina de los Ballets Rusos.
Uno de los diseñadores que más impregnó sus modelos del estilo oriental fue Paul Poiret, un modisto siempre adelantado a su tiempo. Poiret comenzó su andadura en la casa de costura de Charles Frederick Worth, creador de la alta costura. Tras establecerse por su cuenta en 1904 decidió liberar a la mujer de las ataduras del corsé y acortó sus faldas para que resultaran más cómodas. También fue el primer diseñador francés que viajó por Europa y EEUU para promocionar la moda de su país, y su casa se convirtió en la primera marca de modas en crear un perfume. Como he explicado anteriormente, Poiret era un apasionado de todo lo exótico, no sólo de lo oriental, sino también del estilo de los ballets rusos. Cuando los Ballets de Serguei Diaghilev llegaron a París, toda la ciudad se maravilló con el aire que desprendían y los modistos, en especial Poiret, imitaron sus trajes y los trasladaron a los diseños de la alta sociedad. Las mujeres ricas comenzaron a vestir de manera más teatral y atrevida, y dejaron atrás esa imagen de ostentosidad reprimida que tenían hasta el momento.
Mujer jugando al golf con el atuendo típico.

El deporte y las actividades lúdicas al aire libre fueron tomando mayor protagonismo entre las mujeres. Para ello las prendas se adecuaron a cada modalidad deportiva. Por ejemplo, el atuendo para jugar al golf, estaba compuesto por una falda larga de tweed y se podía completar con una chaqueta a juego. Para patinar sobre hielo en cambio, las faldas tenían más vuelo y corte acampanado y los abrigos y bufandas se guarnecían con pieles. Algunas actividades permitieron incluso el uso de pantalones.




Con lo narrado hasta el momento uno se puede hacer a la idea del gran cambio que supuso aquella época sobre todo para la mujer, pero en general para toda una generación. Se perfilaba un futuro brillante; habían pasado por una guerra y consiguieron remontarla. Ahora florecían con más fuerza que nunca, se sentían invencibles. Creyeron controlar el desarrollo, pero no se dieron cuenta de que la realidad era bien distinta.


El final de una era


Resulta curioso observar cómo el progreso del que tanto alardeó esa generación fue precisamente el que acabó devastándolo todo a su paso. El 28 de julio de 1914 la "Bella Època" despertaba de su ensoñación y se asomaba a la cruda realidad: la avaricia de las grandes potencias se desbordó y el imperialismo jugó un papel decisivo. Y la sociedad, embriagada hasta el momento de lujos, avances y modernismo, no pudo hacer otra cosa que observar atónita lo que estaba por suceder. Fueron testigos y protagonistas de hasta donde es capaz de llegar el hombre en su afán totalitario.


Ahora, casi un siglo después, la supremacía de Europa vive un momento de decadencia, aunque en esta ocasión las armas con las que está siendo atacada (al menos de momento) son invisibles; viajan por la red en transacciones millonarias que dirigen entes abstractos y deciden la vida de millones de personas. Son capaces de hacer que todo un continente se resquebraje sin pegar un solo tiro ni lanzar una sola bomba. Son las guerras del futuro, las silenciosas, pero casi tan peligrosas como las de antaño. Ahora no hay manos manchadas de sangre, pero sí decisiones que destrozan economías enteras y se llevan por delante a todo el que no esté protegido. Creímos que podíamos vivir como reyes, y no nos dimos cuenta de que era una utopía. La avaricia, una vez más, ha vuelto a hacer de las suyas. Sólo espero que cuando ELLOS se den cuenta, no sea demasiado tarde.